7 de diciembre de 2009

Códex Succino (II)

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Amelie despertó de repente sofocada y mareada. Cuando consiguió enfocar la vista se dio cuenta de que se hallaba desnuda dentro de una cama desconocida. Miró a su alrededor. No sabía donde estaba, aunque no cabía duda de que aquello era un hotel. Por más que lo intentó, no logró recordar qué había pasado la noche anterior. Se golpeó la cabeza con la mano maldiciendo su pequeña afición por la bebida.

Siguió mirando a su alrededor buscando algo que le diese alguna pista sobre lo ocurrido, pero no consiguió reconocer casi nada. Las persianas estaban bajadas, y todo estaba demasiado oscuro. No obstante, divisó su ropa desperdigada por la habitación. A su derecha, en la mesilla, encontró varias botellas de vodka Absolut de distintos sabores: vainilla, limón, melocotón y frutos rojos. También había algunas copas de Martini con la aceituna aún en el fondo. Cogió una y se la llevó a la boca. En la otra mesilla descubrió un cenicero lleno de colillas y la mitad de un habano. Todo parecía indicar que había tenido algo de trabajo extra. Al lado del cenicero quedaba su Moleskine edición especial con una página arrancada y una pluma Mont Blanc de plata que no reconoció como suya.

Amelie se enderezó tapada con las sábanas, buscando algún vestigio de movimiento por la habitación, pero no consiguió ver nada. Tras mirar el reloj (las diez y media de la mañana), se dio la vuelta y siguió durmiendo. Le llamó la atención el fuerte olor a Jean Paul Gautier que inundaba el otro lado de la almohada. Olor a caballero. Le gustaba. Una de sus fragancias favoritas.

A las once y cuarto se despertó por segunda vez. Después de entrar al baño, cogió uno de los albornoces con la insignia del hotel que había sobre la ducha. Hotel Palacios de Arabia, uno de los más lujosos de todo Madrid. Tras maldecir de nuevo al vodka en voz alta, lo único que se le vino a la cabeza fue el deseo de que la factura ya estuviese pagada.

Se acercó a la ventana de acceso al balcón y subió la persiana. La habitación daba a los patios interiores del hotel, donde una hilera de cerezos en flor albergaba varias clases de aves tropicales. En la balaustrada un par de pajaritos azules cantaban los buenos días. Se espantaron rápidamente cuando Amelie abrió la ventana, pero el aire frío que entró en la habitación hizo que la volviese a cerrar de inmediato.

Recogió del suelo el vestido, las medias y los zapatos y se vistió. Era tarde y tenía que volver a casa para comer. Tenía a sus padres como invitados, y Samanta, su asistenta, libraba aquél fin de semana. Una pena. Entró al baño y se acicaló un poco. La ducha de hidromasaje ofrecía un plato suculento, pero tenía que desayunar por el camino y aún tardaría un rato en llegar. Tendría que dejar el aseo para más tarde. Así que recogió todas sus cosas, incluida la misteriosa estilográfica, y abandonó la habitación.

En recepción le dijeron que todo estaba pagado, pero cuando preguntó el nombre de quien lo había hecho se negaron a dárselo. Política de privacidad del hotel. Lo único que le faltaba a Amelie era irse a casa con la intriga de no saber con quien se había acostado. Insistió varias veces, pero la negativa de la recepcionista fue contundente. Tampoco importaba mucho, ya se enteraría en la agencia al día siguiente. Después se acercó hasta la cafetería y pidió un par de cruasanes y un café con leche. Con el estómago ya lleno, llamó a un taxi que la llevó de vuelta a casa.
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5 de diciembre de 2009

Códex succino (I)

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Las tinieblas se apoderaron rápidamente del sueño de Amelie. Las paredes de la casa de cristal en la que se encontraba se tornaron negras y opacas en cuestión de segundos mientras todo lo que había en el interior desaparecía. Muebles, tabiques e incluso su propia ropa. En un momento la preciosa casa de ensueño se había transformado en un cubo rebosante de oscuridad.

En un primer instinto Amelie se tapó pudorosamente, pero pronto descubrió que no había nada ni nadie que la observase. De repente, un destello de luz surgió del techo alumbrando una pequeña caja de madera oscura que flotaba en el centro de la habitación. Se acercó con miedo, alerta por lo que pudiera pasar a su alrededor, moviéndose con sigilo, como un pequeño gato pardo en una noche cerrada iluminada levemente por los haces de luz de luna que se cuelan entre las nubes de tormenta.

Cuando alcanzó la caja descubrió que en la tapadera había una lámina blanca con el grabado de una tórtola. Rápidamente se dio cuenta de que se trataba de una combinación de ébano y marfil. Entonces comenzó a sonar de forma estremecedoramente alta la novena sinfonía de Beethoven. Perfecto. A Amelie le encantaba la música clásica. De hecho tocaba el piano, por eso había descubierto con tanta rapidez de qué estaba hecha la caja. Finalmente se atrevió a tocarla. La música paró de repente y el silencio volvió a apoderarse del lugar. Sus manos gélidas y temblorosas la abrieron con cuidado. El interior, de paredes mullidas de algodón, albergaba una florecilla de cristal que brilló levemente al terminar de retirar la tapa. Cuando metió la mano para cogerla, la caja se desvaneció y la flor calló al suelo partiéndose en mil pedazos. La música comenzó a sonar de nuevo.

Amelie se alejó todo lo que pudo de los cristales rotos procurando no cortarse. Asustada, buscó refugio en una de las esquinas de la habitación. Se sentó en el suelo y metió la cabeza entre las piernas mientras su vientre crecía de forma desmesurada. Entonces la habitación se volvió blanca y luminosa, la música paró y sobre ella apareció un camisón de hospital igualmente blanco. Dos enfermeras salieron de la nada y se acercaron a ella mientras un fuerte dolor se apoderaba de su cuerpo. Sin decir nada, las dos mujeres la colocaron en posición de parto y en menos de un segundo un precioso bebé completamente limpio e inmaculado reposaba en los brazos de una de las comadronas.

- Enhorabuena, es un niño.

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22 de noviembre de 2009

Credo y sangre (III)

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Era miércoles de nuevo. El clima había mejorado, y aunque las temperaturas invernales se mantenían, la tenue luz del sol que se ocultaba poco a poco en el horizonte daba una ingrávida sensación de calidez.

Como de costumbre, Joaquín pasó la tarde en el hospital. Aquella tarde David no había aparecido por la sala de juegos, lo que le resultó tremendamente sospechoso. Así, cuando hubo terminado la actuación y se hubo cambiado de ropa, fue a interesarse por él.

- Está en su habitación. Ha empeorado. –Dijo la enfermera a la que le preguntó-. Es la 211.

Con el estómago encogido, Joaquín recorrió los pasillos hasta llegar a la habitación indicada. A través de la ventana que daba a la habitación, pudo ver a David, tumbado en la camilla, sedado y dormido. A su lado, sus padres lloraban amargamente. El tiempo se estaba acabando. Entonces Joaquín se armó de valor, empuñó la manilla de la puerta y entró con decisión.

- ¿Quién es usted? –Preguntaron ambos padres al unísono.

- Soy Joaquín, el chico que hace de payaso los miércoles por la tarde.

- ¿Y se puede saber qué está haciendo aquí? –Dijo el padre en un tono un tanto agresivo.

- Vengo a reprocharles su actitud. Posiblemente crean que no soy nadie para hacerlo, pero cualquiera debería entrometerse en algo como esto. He entrado porque les he visto llorar, y sintiéndolo mucho he de decirles que sus lágrimas no son sino lágrimas de cocodrilo. Son ustedes los que están matando a este niño. La religión es una cuestión de fe, pero la vida no. Este niño necesita una operación, y para realizarla es necesario que autoricen que se le haga una transfusión. Su hijo puede morir en poco tiempo si no recibe la atención médica que precisa. Y si muere, ¿qué pasará? ¿Creen de verdad que merece la pena privarle a este niño de la oportunidad de vivir? ¿Sólo por un poco de sangre? Son muchas las personas las que, comprometidas con causas como la de su hijo, donan sangre cada año. Personas que se sacrifican para darles a otras la oportunidad de vivir. Y ustedes lo están despreciando. En su situación y si siguen haciendo caso omiso a los médicos, lo más que pueden esperar es un milagro. Y admítanlo, eso no va a suceder. La vida de su hijo se apaga, y volver a activarla está en sus manos. Por favor, no permitan que sea un juez quien lo haga por ustedes. Puede que entonces ya sea demasiado tarde.

Los padres de David se quedaron blancos. Algunos médicos habían intentado convencerles de la necesidad de que firmasen la autorización, pero ninguno de forma tan brusca. Instantes después de que Joaquín terminase su intervención, ambos reanudaron el llanto.



Eran las siete y media de la tarde de un jueves de principios de febrero. La lluvia caía estrepitosamente sobre el pequeño Mini amarillo, que remontaba la Avenida del Ejército para llevar a Joaquín de vuelta a casa tras un agotador día de trabajo. Allí le esperaba Esther, quien ese día había cubierto el turno de mañana.

- Buenas noches, cariño. Han llamado del hospital. –Saludó Esther desde el salón nada mas oír el traqueteo de la puerta.

- Hola cielo, ¿qué ha pasado?

- Enhorabuena. Ese niño… David –dijo mientras se levantaba del sofá para abrazar a su marido-. Le has salvado la vida.
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21 de noviembre de 2009

Credo y sangre (II)

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Eran ya las diez de la noche cuando sonó el timbre. Esther tenía turno de noche ese día, así que Joaquín estaba solo en casa. Al otro lado de la puerta estaba el enfermero, apenas reconocible entre capas y capas de ropa. Las temperaturas habían seguido bajando considerablemente, y la poca vida que podía verse por la calle se reducía a contadas personas con aspecto de esquimal.

- Buenas noches, creí que no ibas a venir –Saludó Joaquín.

- ¿Cuándo he hecho yo eso? –Dijo Fran entre risas mientras recordaba la última vez que lo había dejado plantado.

Fran pasó al salón, una habitación espaciosa decorada en tonos ocres, y se acomodó en el sofá mientras Joaquín iba a por algo de beber. Unos segundos mas tarde, este apareció con dos copas y una botella de vino.

- ¿Por qué brindamos? –Preguntó Fran.

- No brindamos, simplemente necesitaba preguntarte algo.

- Tú dirás.

- Es sobre David. Llevo varios meses viéndolo en el hospital, aunque siempre de forma intermitente. Hay semanas en las que aparece y otras en las que no. Esta tarde parecía triste, más que de costumbre. ¿Qué le pasa realmente?

Fran guardó silencio durante un momento, buscando las palabras adecuadas. Sabía que Joaquín se había encariñado con David, y no quería ser brusco. No obstante, no lo consiguió.

- Verás, no es fácil. David se está muriendo. Y lo sabe.

Joaquín se quedó de piedra. Pasados unos segundos, preguntó con vacilación, aun sin saber si realmente quería escuchar la respuesta.

- Pero, ¿qué le pasa?

- Eso es lo peor –contestó Fran-. En teoría nada que no se pueda solucionar pasando un rato en el quirófano. Tiene un quiste estomacal cuya extirpación no tendría por qué dar mayores complicaciones. El verdadero problema es su religión. David es testigo de Jehová, y sus padres no permiten que se le hagan transfusiones de sangre. Y así una intervención de este tipo no tendría ninguna garantía. Además, es común que los tumores digestivos sangren y produzcan cuadros clínicos de anemia. Y ahí vuelven a entrar las transfusiones. Hasta que su vida no corra el suficiente peligro, no se emitirá una orden judicial que autorice el proceso, y puede que entonces sea ya demasiado tarde.

A Joaquín se le puso el vello de punta. Jamás hubiera creído que unos padres pudieran anteponer sus creencias a la vida de su hijo.

Pasado un rato, ambos amigos se despidieron. Nada más terminar de recoger, Joaquín se fue a acostar. Siguió dándole vueltas durante toda la noche al caso de David, pensando cómo podía ayudarle, pero las ideas brillaban por su ausencia. Finalmente optó por dejarlo. Si nadie los había convencido ya, poco iba a poder hacer él.
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20 de noviembre de 2009

Credo y sangre (I)

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El cielo comenzaba a apagarse en colores rojos y púrpuras cuando Joaquín cerró la puerta de casa. Abrigado hasta los topes con una gabardina beige y una bufanda de cuadros, abandonó el calor del hogar para salir a la intemperie. El termómetro de la farmacia que brillaba al final de la calle marcaba ya los tres grados bajo cero, y en las noticias de la mañana habían previsto bajadas aún mayores a lo largo de la noche. Además, un desagradable aire extremaba la sensación térmica. La típica estampa de un frío mes de enero.

Con el maletín bajo el brazo y a paso ligero, Joaquín recorrió la Avenida del Ejército en busca de su coche. Tan pronto como alcanzó el pequeño Mini amarillo que estaba aparcado frente a la farmacia, se introdujo en él, arrancó y puso la calefacción y la radio. Segundos después volvía a recorrer el mismo camino de cada miércoles.

Joaquín tenía treinta y seis años. Era alto, de cabello ondulado y rubio y ojos ambarinos, y estaba casado con Esther, una médico a la que había conocido en la universidad. Pero la mejor descripción que podía hacerse de Joaquín se reducía a que era un enamorado de la infancia. Siempre había querido ser pediatra, como su padre, pero la suerte nunca le hizo honor a la vocación, y Joaquín tuvo que conformarse con estudiar farmacia. Por eso, todos los miércoles por la tarde cerraba el negocio, se disfrazaba de payaso y se acercaba hasta el hospital en el que trabajaba Esther, donde los niños siempre agradecían su visita.

Eran poco más de las siete cuando Joaquín llegó al aparcamiento del hospital. Ana, de recepción, le hizo pasar a una sala para que pudiese cambiarse. Acto seguido subió hasta la planta de pediatría. En la sala de juegos, todos los niños esperaban su llegada. Todo el tiempo que pasaba en el hospital, lo dedicaba a cantar canciones, hacer globos con forma de perro y, en definitiva, amenizarles la estancia a los que, por unas causas u otras, estaban ingresados allí.
Todas las semanas encontraba caras nuevas, por suerte para los niños que abandonaban el hospital y por desgracia para los que ocupaban su lugar, aunque siempre encontraba también alguna cara conocida. Ese era el caso de David, un niño de siete años con el que llevaba compartiendo momentos desde hacía ya un par de meses.

A las ocho y media, tras un intenso rato de juegos, varias enfermeras aparecieron en la sala para mandar a los niños a sus respectivas habitaciones. Faltaba poco para la hora de la cena. Así, uno tras otro fueron abandonando la sala de juegos. Todos excepto David.

- ¿No vuelves a tu habitación, David? –Preguntó Joaquín en tono amigable mientras se quitaba la peluca de colores que llevaba en la cabeza.

- Quiero quedarme aquí, contigo. Éste es el único sitio de este hospital en el que soy feliz.

–Contestó el niño.

Instantes después de terminar la frase, Fran, un enfermero amigo de Joaquín, apareció para llevársele.

- Fran, tengo que hablar contigo. –Dijo Joaquín justo antes de que este saliese por la puerta con David de la mano- pásate por casa cuando termines tu turno.

- Está bien, luego te veo.


Esta es la primera parte de un relato escrito originalmente para presentarlo a un concurso, pero al que terminé presentando otro. Seguiré subiendo las partes sucesivas en los próximos días, por no ponerlo todo en una misma entrada.

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