Amelie despertó de repente sofocada y mareada. Cuando consiguió enfocar la vista se dio cuenta de que se hallaba desnuda dentro de una cama desconocida. Miró a su alrededor. No sabía donde estaba, aunque no cabía duda de que aquello era un hotel. Por más que lo intentó, no logró recordar qué había pasado la noche anterior. Se golpeó la cabeza con la mano maldiciendo su pequeña afición por la bebida.Siguió mirando a su alrededor buscando algo que le diese alguna pista sobre lo ocurrido, pero no consiguió reconocer casi nada. Las persianas estaban bajadas, y todo estaba demasiado oscuro. No obstante, divisó su ropa desperdigada por la habitación. A su derecha, en la mesilla, encontró varias botellas de vodka Absolut de distintos sabores: vainilla, limón, melocotón y frutos rojos. También había algunas copas de Martini con la aceituna aún en el fondo. Cogió una y se la llevó a la boca. En la otra mesilla descubrió un cenicero lleno de colillas y la mitad de un habano. Todo parecía indicar que había tenido algo de trabajo extra. Al lado del cenicero quedaba su Moleskine edición especial con una página arrancada y una pluma Mont Blanc de plata que no reconoció como suya.
Amelie se enderezó tapada con las sábanas, buscando algún vestigio de movimiento por la habitación, pero no consiguió ver nada. Tras mirar el reloj (las diez y media de la mañana), se dio la vuelta y siguió durmiendo. Le llamó la atención el fuerte olor a Jean Paul Gautier que inundaba el otro lado de la almohada. Olor a caballero. Le gustaba. Una de sus fragancias favoritas.
A las once y cuarto se despertó por segunda vez. Después de entrar al baño, cogió uno de los albornoces con la insignia del hotel que había sobre la ducha. Hotel Palacios de Arabia, uno de los más lujosos de todo Madrid. Tras maldecir de nuevo al vodka en voz alta, lo único que se le vino a la cabeza fue el deseo de que la factura ya estuviese pagada.Se acercó a la ventana de acceso al balcón y subió la persiana. La habitación daba a los patios interiores del hotel, donde una hilera de cerezos en flor albergaba varias clases de aves tropicales. En la balaustrada un par de pajaritos azules cantaban los buenos días. Se espantaron rápidamente cuando Amelie abrió la ventana, pero el aire frío que entró en la habitación hizo que la volviese a cerrar de inmediato.
Recogió del suelo el vestido, las medias y los zapatos y se vistió. Era tarde y tenía que volver a casa para comer. Tenía a sus padres como invitados, y Samanta, su asistenta, libraba aquél fin de semana. Una pena. Entró al baño y se acicaló un poco. La ducha de hidromasaje ofrecía un plato suculento, pero tenía que desayunar por el camino y aún tardaría un rato en llegar. Tendría que dejar el aseo para más tarde. Así que recogió todas sus cosas, incluida la misteriosa estilográfica, y abandonó la habitación.
En recepción le dijeron que todo estaba pagado, pero cuando preguntó el nombre de quien lo había hecho se negaron a dárselo. Política de privacidad del hotel. Lo único que le faltaba a Amelie era irse a casa con la intriga de no saber con quien se había acostado. Insistió varias veces, pero la negativa de la recepcionista fue contundente. Tampoco importaba mucho, ya se enteraría en la agencia al día siguiente. Después se acercó hasta la cafetería y pidió un par de cruasanes y un café con leche. Con el estómago ya lleno, llamó a un taxi que la llevó de vuelta a casa.
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