21 de septiembre de 2009

Tulipanes de fuego

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Año 1603 - 21d, 01h, 00m, 00s.
(Equinoccio de primavera)


La pared cubierta de vidrieras reflejaba una amalgama de colores sobre su cuerpo, que alumbrado por aquella luna incandescente suspendida entre las tinieblas del crepúsculo perfilaba un contorno que dejaba todo a la imaginación. A su derecha, un grabado del paraíso se enfrentaba a la efigie de un demonio recordándole las dos caras de su vida. Pasado y presente. Vida y muerte. Pero lo peor aún estaba por llegar.
Dormir en una iglesia no era plato de gusto para Clémence, pero la de Chartres no estaba tan mal. Tenebrosa, sí, pero nada que no hubiese vivido antes. Tenía 27 años, y arruinada desde los 25, se había dedicado a casi de todo. Esto excluía el pordioseo y la prostitución. Sería pobre de dinero, pero no de honra. A ojos de la sociedad debía seguir aparentando ser mademoiselle Germain.
Hurtaba en las joyerías cuando las confiadas sirvientas desaparecían tras el mostrador para buscar las ostentosas joyas que reclamaba -y que finalmente nunca compraba-, y lo mismo ocurría cada vez que visitaba una droguería. Comía casi a diario en casa de madame Sophie alegando su buena mano para la cocina aun sabiendo que eran sus sirvientas quienes cocinaban. Era aquí donde robaba una hogaza de pan para la cena, que ingería después ávidamente mientras hacía lo que podía por ocultar su cama en el suelo de la Catedral de la Asunción de Nuestra Señora.
Cleménce aparentaba ser una mujer religiosa, aunque sus miradas al joven cura estaban siempre tiznadas de un aire de depravación que era fácil observar, y veía a los muertos ajenos como un hueco donde hincarle el diente al bollo. Sí, definitivamente también saqueaba nichos y tumbas cuando se presentaba la oportunidad, aunque esto era ya más complicado.
Aquella noche, como era ya menester, recogió varios de los cojines que adornaban los bancos en los que rezaba la clase alta y los tendió encima del entramado bicolor que cubría el eje de la nave central de la iglesia. Cleménce se tumbó sobre los cojines y cerró los ojos. Soñó que estaba en un campo lleno de flores anaranjadas en el que decenas de personas disfrutaban de una opulenta merienda. De una belleza singular, arrancó una de las flores. Entonces, en medio del caos que reinaba en aquella acampada, el corsé que ceñía su costado se cerró de tal forma que los crujidos de sus costillas rotas se ahogaron con el grito de su último aliento.
A la mañana siguiente, un ramo de tulipanes rojos ocupaba el lugar de Clémence. Nunca más volvió a saberse de ella.


Año 2003 - 21d, 01h, 00m, 00s.
(Equinoccio de primavera)


- Señores pasajeros, miembros de la tripulación pasarán a recoger los restos de su cena. Por favor depositen los desperdicios en el carrito de la basura.
El cielo estaba densamente poblado de nubes y no había ni rastro de la luna. No obstante, el viaje estaba resultando fácil. Un par de azafatas habían tenido problemas con un tipo que había bebido demasiado, pero por lo demás, tanto Abby como Joseph, piloto y copiloto respectivamente del vuelo K-230 Roissy-Schiphol de la compañía Air Europa, estaban bastante satisfechos con el viaje.
Abby comprobó en el ordenador el piloto automático. Coordenadas 52º12’31’’N 04º45’50’’E. Estaban a punto de llegar a su destino.
-Señores pasajeros el vuelo K-230 con destino Schiphol está próximo a su fin. Por favor regresen a sus asientos, abróchense los cinturones, pongan el respaldo en posición vertical, recojan sus bandejas y coloquen su equipaje de mano en los lugares indicados. Gracias.
Segundos después el avión comenzó a descender. Entonces, un cambio imprevisto en las coordenadas (48º26’51’’N, 1º29’14’’E) produjo un giro en la nave que hizo que cayera en picado sobre uno de los numerosos campos de tulipanes que bordean la ciudad de Ámsterdam. Saltaron las mascarillas. Una terrible explosión. El fuego que desprendían los restos del fuselaje se camuflaba con el mar de flores rojas. La única superviviente, una joven francesa que se alzó entre los escombros a la llegada de los equipos de rescate.
- Qui êtes vous? Qu’est-ce que je suis en train de faire ici?*

*¿Quienes son ustedes? ¿Qué estoy haciendo aquí?

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6 de julio de 2009

Neófitos malditos.

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El cobertizo, con un tejado a dos aguas semiderruido por el paso del tiempo y grandes desconchones en las paredes de adobe ofrecía una estampa tétrica. Situado en lo alto de aquél angosto valle antiguamente surcado por las aguas de un río que se perdió en los confines del océano, hubiese sido el lugar ideal para el rodaje de alguna serie de terror. Pero no estaba ante una pantalla de televisión, sino en un lugar real en el que mi fobia hacia ese tipo de situaciones luchaba contra mis ganas de actuar ante el hecho que me sobrevino.

Decidí entrar cuando deduje que aquel espeluznante llanto no pararía a no ser que alguien ajeno a la escena que lo provocaba actuase de inmediato. Además, el olor putrefacto y penetrante que emanaba el edificio me alentó a socorrer al niño que chillaba desconsolado.

Cuando entré, el miedo me heló por completo, reduciendo mi movilidad hasta límites insospechados. Finalmente conseguí llevarme un pañuelo a la boca para poder seguir respirando. El olor, terriblemente insoportable, se coló por mi nariz provocando que mi estómago se retorciese con ganas de devolver todo aquello que digería.

Había cientos de arañas y cucarachas. También avisté alguna rata y otra clase de alimañas que desaparecieron con rapidez ante la entrada de un flamante rayo de luz en aquella diminuta estancia. Las paredes estaban enmohecidas, y unas escaleras de aspecto inseguro conducían a un piso inferior del que provenían los gritos. Abajo, la escena era terrorífica.

Aquella mujer en pleno estado de descomposición sujetaba un bebé entre unos brazos esqueléticos y un pecho inundado de gusanos. A la vez, las cuencas de sus ojos, vacías y profundas, parecían observar al mismo tiempo el todo y la nada mientras su cuello sujetaba un crucifijo de oro con incrustaciones. El bebé se aferraba a uno de los senos desnudos del que, misteriosamente, comenzó a emanar una leche ácida y putrefacta que sorbió con avidez. En un acto de valentía, cogí al pequeño y salí corriendo. Arriba, la corriente había cerrado la puerta. Forcé la cerradura con una segureja manchada de sangre que reposaba sobre un montón e heno y salí al exterior. Fuera, el niño comenzó a tiritar ante el gélido ambiente que reinaba en aquél paraje.

Me alejé tan rápido como pude de la entrada del cobertizo, rodeándolo. En la parte de atrás, un hombre ahorcado era devorado por varios cuervos y urracas. En ese momento, uno de los córvidos atacó el cadáver de forma que cabeza y cuerpo quedaron divorciados, cayendo ambas partes al suelo estrepitosamente. La primera rodó hasta mis pies para permitirme distinguir el deformado rostro de don Hipólito, cura del Cerro de los Castaños. A su lado, la reliquia de la cruz de Cristo desaparecida de la iglesia de Santa Olaya a la par que el párroco relucía en su engarce.

Cogí la estaca de madera con afán de protegerme y saqué el rosario de lapislázuli que guardaba en el bolsillo interior de la chaqueta. Seguí corriendo. En menos de tres Avemarías, el neófito demonio había terminado con mi vida, dispuesto a cobrarse nuevas víctimas.

1 de julio de 2009

El proverbio de Calipso

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Los horrores del presente serán recuerdos pasados,
pero la historia se escribe con tinta indeleble.


Sigo liado con 'Los hijos de Nyctea', y espero que siga así por mucho tiempo. Este blog no ha empezado con buen pie, pero tengo verdaderas ganas de escribir algo más extenso y terminarlo. Después de no se cuantas semanas esbozando, resumiendo, apuntando y describiendo, puedo decir con orgullo que voy por la página siete.

14 de junio de 2009

Los hijos de Nyctea

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Así comienza un relato que empecé a escribir para el "Premio del Tren Antonio Machado" y el cual no conseguí terminar en plazo. Sobre lo que me dio tiempo a narrar, he ideado una trama mayor, con idea de que se convierta en algo más que un relato. De momento todos los aspectos de la historia concuerdan, y espero poder continuarla. Esto es el inicio de lo que puedo ofreceros:


Mi mente divagaba entre las cumbres borrascosas de mi imaginación mientras observaba con detalle los poros de su piel. Pálida, tibia y tersa, suave como el terciopelo de Lyón que cubría la mayoría de los pasos de la Semana Santa que aquél año a penas habían podido desfilar por las calles de Aranda de la Vera.

Era un abril como pocos se recordaban en aquél lugar; un abril que hacía con creces honor a su refrán, aunque las aguas mil de las que normalmente presumía este mes se habían elevado a la enésima potencia aquél año, acompañadas de un frío hibernal que helaba los huesos y resfriaba las almas en mitad de la estación del amor.

Pero nosotros estábamos allí, ajenos al frío y al agua, juntos, acurrucados bajo aquella manta de franela cobertora de sábanas compartidas, alumbrados por las titilantes llamas de la leña crepitante que ardía sobre los materiales refractarios de la chimenea. Ella, dormida sobre mi pecho desnudo, musitaba palabras ininteligibles procedentes del estado onírico de su conciencia. Yo, recostado sobre aquél cabecero de forja recargado de florituras y figuras celestiales, le acariciaba los cabellos rubios y sedosos mientras tarareaba la única herencia que me quedaba de mi madre: una nana de cuya letra a penas me acuerdo y cuya música se pierde poco a poco en unos recuerdos borrosos y olvidados de hace más de veinte años.

Continuará.

Fotografía: Diselgraf

12 de junio de 2009

El despertar


Mis pies rozaban suavemente la arena de la playa mientras el cielo se encendía en rojos y púrpuras. Un atardecer idílico que acompañaba a unos pasos cansados a la orilla de un mar en calma de olas rotas en plata y azul.

Me senté en un tronco blanqueado por el agua y el salitre esperando tu llegada, pero nunca apareciste. Aún no me hacía a la idea de que el naufragio del barco en el que marchaste hacia aquél trepidante viaje a los confines de tu imaginación hubiese acabado con tu vida. Entonces, cuando las lágrimas que rodaban por mis mejillas comenzaron a mezclarse con el agua del océano, apareció.
La avisté desde la playa, allí donde sus destellos aún se confundían con los del oleaje, pero enseguida supe que era para mi. De cristal transparente y rematada en un corcho que protegía su interior, la botella se acercaba sigilosamente hacia el punto exacto en que mis pies tocaban el agua. Y dentro guardaba algo.

La abrí con cuidado para extraer su contenido: tu pluma, aquella con la que me escribías los versos con los que cada noche conseguías que me inundara un placentero estado de embriaguez, y una nota autografiada con un mínimo recado: “Úsala”.

Y aquí estoy, resucitándote con palabras, porque cada vez que algo es escrito, tu interior, Calipso, sale del mar para adentrarse junto al lector en un mundo de fantasías. Porque sólo tú, fruto de mis sueños e imaginación, sabes lo que ocurre más allá de las letras que conforman este mensaje.